• Microrelato sexual

    EL TAXISTA

    El taxista estaba acostumbrado a ver todo tipo de espectáculos en el asiento de atrás de su coche, pero detestaba a las mujeres que no consentían en tragarse el semen porque le dejaban la tapicería hecha un asco.

  • El sueño puesto

    EL SUEÑO PUESTO

    Se levantó, se aseó, se vistió y salió a la calle. Pero se había dejado el sueño puesto. Y era un sueño erótico.
    Fuese por donde fuese, mirara donde mirase, veía mujeres desnudas. Cuando llegó a las puertas de su oficina, decidió volver a casa. Sólo de pensar que tendría que ver a su jefa en ese estado…

  • Microrelato sexual

    EL PRECIO

    Era esa hora en la que en el horizonte empieza a verse una fina línea de luminosidad, como si la noche fuese un telón y se estuviese levantando para dejar paso al día.
    Julia yacía desnuda sobre la cama, con el cuerpo sudoroso. Frente a al espejo, su amante se anudaba la corbata.
    - Buff – dijo Julia -. Eso ha sido fantástico. Después de tantos años de decepciones, tanto machito vanidoso que no veía más allá de la punta de su verga… Te lo juro, hasta hoy nunca tuve un orgasmo. Pero hoy… hoy….
    - Esa era mi parte del trato – dijo él -. Ahora le toca a usted cumplir la suya. Debe abonar el pago acordado.
    - ¡Qué frío eres! – dijo ella – Quién lo diría… ¿No hay tiempo para un revolcón más?
    - Mi empresa es muy estricta en la cuestión tiempo. No sería la primera vez que, con un ardid semejante, nos dan gato por liebre, si me permite la expresión.
    - Vaya – dijo ella, con un mohín de decepción -. Bueno, ya que lo mencionas. Sí, no puedo negar que tus servicios son excelentes pero… ¿El precio no es un poco alto?
    - Cuando contrató los servicios de mi empresa – dijo él, con un tono severo pero educado – tenía usted pleno conocimiento del precio de nuestros servicios, señora.
    - Sí, claro… Pero es que estaba muy caliente…
    - ¿Ha quedado insatisfecha? ¿Tiene algún reclamo que hacer?
    Ella calló y le miró a sus profundos ojos negros. Estaba visto que no había nada que hacer.
    - No. Tienes toda la razón. Procede con lo que tengas que hacer.
    Él sólo se agachó hasta ella y deposito ligeramente sus labios sobre los de la mujer, en un beso tan tierno que no parecía representar lo que realmente significaba. Después, se incorporó, cogió el alma de Julia de sus labios y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
    Después, se fue.
    Julia nunca pudo olvidarle.

  • Microrelato sexual

    EL ESPEJO

    ¿De qué le servía un espejo que reflejaba a la gente desnuda a pesar de que estuviese vestida? Era demasiado grande, casi de cuerpo entero, como para poder llevarlo disimuladamente por la calle, lugar donde resultaba mucho más útil. En alguna ocasión, lo puso en la ventana, pero tenía que hacer esfuerzos para que no se cayese y no podía disfrutarlo. Entonces decidió cortar un trozo de pequeño tamaño, aun a riesgo de que perdiese sus propiedades. Pero esto no ocurrió, y durante un tiempo estuvo jugueteando a ver a todo tipo de gente, especialmente mujeres, desnuda en cualquier lugar: la calle, una tienda, un bar... Muchas veces volvía a casa con un calentón tremendo.
    Pasada la emoción de la novedad, el juguete quedó abandonado en cualquier rincón, cogiendo polvo.
    Hasta que se ocurrió la idea.
    Llevó a un taller el espejo del que hicieron casi unos cincuenta trozos del tamaño de un espejo de maquillaje. Como pago, dejó uno de los espejitos resultantes, que hizo las delicias del dueño del taller.
    Mediante un escueto anuncio por palabras en la prensa empleando una adecuada presentación de la utilidad del producto para las mujeres, rapidamente vendió todas las unidades, incrementando el precio en cuanto vio la demanda, tal y como mandan las leyes del mercado.
    El último ejemplar se lo vendió por una suma astronómica a la promiscua esposa de un conocido banquero que estaba harta de arribistas que luego en la cama no tenían la mínima dotación imprescindible.

  • Microrelato sexual

    EL AUTOBÚS

    La marea de gente que entró en al autobús me empujó hacia la parte de atrás, terminando en una postura de lo más incómoda. Tenía un brazo inmovilizado por la presión de la gente y otro estirado sobre las cabezas para agarrarme a una de las barandas que estaban en el techo. El conductor arrancó bruscamente, lo que le valió varios cariñitos de parte de los pasajeros y continuamos el trayecto.
    Al poco empecé a sentir como algo me alzaba la falda. En esos momentos, me arrepentí de haberme puesto una tan corta. No sabía que era, ni siquiera si era accidental o premeditado. Y aunque lo supiese, tampoco había mucho que pudiera hacer al respecto.
    Pronto ese algo llegó entre mis piernas. Estaba duro. Hacia presión contra mi vulva, y a cada frenazo que daba el halagado conductor, presionaba aún más. Yo no sabía que hacer. El descaro de quien estaba haciendo eso era increíble. Intenté girar la cabeza para detectar algún rostro alterado pero todo lo que me rodeaban eran nucas.
    La cosa hizo más presión y, de alguna manera que aún no me consigo explicar, llegó hasta mi clítoris. Estoy segura de que me sonrojé, pues un escalofrío vergonzosamente placentero recorrió todo mi cuerpo. Esa cosa no se cuanto tiempo se quedó ahí, pero presionaba y se movía ligeramente, casi vibrando. Yo sentí mis piernas flojear. No podía creerlo. Quien fuese se estaba aprovechando de lo lindo y lo peor es que había conseguido que yo diese mi consentimiento. Lo aprisioné apretando mis muslos uno contra el otro, pero seguía presionando hacia arriba. Quería suspirar, gemir, gritar… pero me mordía los labios conteniéndome y rezando porque la gente que me viese, si es que me veía alguna, pensara que estaba sufriendo retortijones.
    Cuando alcancé el orgasmo fue lo peor. Cerré los ojos y abrí mucho la boca, dejando escapar un grito mudo que sólo resonó en mi cabeza. Solté el asidero y noté como mis piernas flojeaban. Durante unos segundos estuve sólo sostenida por el abarrotamiento de gente, segundos en los que perdí noción de tiempo y espacio. El frotamiento de los otros cuerpos contra el mío adquirió una intensidad inusitada. Toda parte de mí estaba hipersensible.
    Recuperé la noción de donde estaba justo cuando con un frenazo, el bus se detuvo en una parada. La gente comenzó a salir por la puerta como la espuma al abrir una cerveza agitada. Lo que había entre mis piernas cedió su presión y, al notar que algo tiraba de mi falda y por fin salía de ella.
    El autobús quedó casi vacío y, al mirar abajo para sorprender a mi violador me encontré con un niño vestido de soldado que sujetaba en su mano el asta de una pequeña bandera. El niño me miraba con los ojos desmesurados, sabiendo donde había estado aquel asta, pero obviamente sin saber lo que había provocado. Le sonreí tiernamente y decidí bajarme en la siguiente parada, aunque todavía faltaba mucho para llegar a mi destino, porque empezaba a tener pensamientos demasiado sucios.

  • Microrelato sexual

    DOPPLEGANGER (DOBLE)

    Carlos se cruzó a su doble en el pasillo. Sorprendido, le invitó a entrar a su cuarto y tomar unas cervezas. Hablando, de una cosa a otra, llegaron a la curiosidad que tenía Carlos acerca de la homosexualidad. Su doble le convenció de probarlo con él pues, al fin y al cabo, aquello tan sólo sería una suerte de masturbación.
    Sara, la hermana de Carlos, llegó tarde a la casa. Cuando fue al baño se encontró a su doble desmaquillándose frente al espejo. Se pusieron a conversar y terminaron entrando en el cuarto de Sara. Allí, Sara se dejó llevar por su doble para calmar la insatisfacción con la que le había dejado su novio, más experto en carreras de velocidad que de fondo.
    Tanto Sara como Carlos saben que sus dobles siguen habitando en algún lugar de la casa, pero no los han vuelto a ver. De vez en cuando, de reojo, ven una figura parecida a ellos mismos salir de donde se encuentran en ese momento. Han adquirido un extraño miedo a los espejos que sus padres no se pueden explicar.
    No han comentando entre ellos este asunto, pero los dos temen que una noche cada doble entre en la habitación del otro hermano con intenciones incestuosas.

  • Después del funeral

    DESPUÉS DEL FUNERAL

    Realmente, comparado con otros burdeles a los que había acudido, la oferta allí era más bien pobre. Sin embargo, para él, que no buscaba mujeres que tuviesen unas grapas a la altura del ombligo, no le resultó desagradable encontrarse con un panorama de pechos caídos, carnes flácidas y estrías. Al contrario, pues eso era lo que iba buscando.
    Fueron cinco las mujeres que pasaron por separado frente a él. Ninguna de ellas era una maravilla. Dudó bastante, pero al final se decidio por Margarita, de pechos derribados por el tiempo hasta casi el ombligo.
    Habituada a todo, Margarita no se sorprendió cuando, mientras la estaba penetrando, él gritaba: “¡Mamá! ¡Mamá!”.

  • Microrelato sexual

    DESLIZ

    - Ahora sí que me van a despedir – dijo él, sin cesar de pasear por la habitación, fumando a profundas bocanadas.
    - He oído de la depresión post-coitum – dijo ella –, pero lo tuyo es exagerado.
    - ¿Es que no lo entiendes? En mi empresa son muy estrictos. Demasiado estrictos. No están permitidos deslices de este calibre.
    - Tampoco tienes que dramatizar tanto – dijo ella, a la que en un principio le había causado ternura su inquietud y ahora empezaba a estar un poco harta -. Tan sólo ha sido un polvo, aunque la verdad es que ha estado cojonudo.
    - ¡No, no! – le dijo él acercándose y tomándola por los hombros. La sacudió ligeramente. Sus pechos se mecieron y él no pudo evitar verlos. Eran grandes, turgentes, sabrosos. Al recordar como habían estado en su boca, un erección quiso abrirse paso entre su angustia. La soltó tan repentinamente como la había agarrado - ¡No entiendes la magnitud de lo que ha sucedido!
    - Mira – comenzó ella, diciéndose para sí misma que era el último intento que hacía antes de perder los estribos -, por aquí siempre nos han dicho que eso de arrepentirse suele funcionar. ¿Por qué no vas a ver directamente a tu jefe y le cuentas todo lo ocurrido?
    Él se quedó pensativo. Era una verdadera osadía acercarse a su jefe “directamente”, sin pasar antes entre la caterva de personajillos enquistados en la burocracia. Porque incluso allí había burocracia. ¿De donde se creen que había salido? Pero no era mala idea. Un mal trago si que sería, pero era la mejor de las ideas que podían ahora pasar por su cabeza.
    - Tienes razón – dijo por fin -. Voy ahora mismo. No tardará en enterarse, si es que no lo sabe ya, que lo ha de saber…
    - Vete tranquilo. Ya verás como sale bien.
    Él abrió la ventana posó sus pies en el alfeizar y saltó. En cuanto desapareció de su vista, ella se incorporó y se asomó, viendo al ángel tomar altura y perderse tras unas nubes. ¿Quién dijo que no tenían sexo?

  • Microrelato sexual

    DE FANTASÍAS (y III)

    Cuando él se masturbaba, hacía primero cuentas de todas las fantasías que tenía y luego echaba a suertes en cual iba a pensar.
    En ninguna de ellas estaba su mujer.

  • Microrelato sexual

    DE FANTASÍAS (y II)

    Julia decidió hacer una orgía consigo misma. Para ello se compró cuatro espejos rectangulares de gran tamaño. Colocó uno a cada lado de la cama, otro en la cabecera y otro en los pies. Se metió entre ellos y se masturbó mirándose a sí misma como si fuesen cuatro personas diferentes.

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